Esta ciudad que yo creí mi pasado
Es mi porvenir, mi presente:
Los años que he vivido en Europa son ilusorios,
Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”
Tenía tiempo Pedro Menárdez y mientras caminaba, pensaba. Por ejemplo, pensaba en aquellos que dicen no escribir “por falta de tiempo”, tan inverosímiles como alguien que alegase no beber o respirar por la misma carencia. Mientras reflexionaba en esas cosas el paseo se decidió solo:
Maipú 994
Tucumán 840
Un hotel de la calle Esmeralda
Quintana 222
Quintana 263
Pueyrredón 2190
Anchorena 1670
Bulnes 2216
Serrano 2135
Serrano 2147
Mientras dejaba atrás los domicilios de la impasible y aristocrática Recoleta que se mantuvieron prácticamente intactos, Menárdez pensaba en los motivos que podían tener aquellas mudanzas de los Borges, o los de cualquier otra familia. Generalmente las personas cambian sus casas cuando hay malas o buenas noticias en su economía o en la integración de su familia. En ese sentido, haberse ido de la céntrica Tucumán hacia los peligrosos arrabales palermitanos significaba algo. Y al llegar de Europa retornar al inhóspito Palermo una vez más, previo paso por el hotel de la calle Esmeralda, lo decía otra vez, por las dudas. Hoy en día aquella calle no se llama Serrano. Para pesar del homenajeado el actual nombre de esa calle es Borges. Don Jorge Luis temía mucho esas distinciones porque decía que el paso del tiempo podría reducir su recuerdo al nombre de una calle que tapara todo lo demás, incluso (especialmente) al poeta.
“Buenos Aires, yo sigo caminandoPor tus esquinas, sin por qué ni cuándo”
Se preguntó Menárdez en cual de todos los domicilios que pasaron por la vida de Borges habrá sido menos infeliz. No tuvo necesidad de responderse, ya que el poeta lo hizo por sí mismo:
“Una manzana entera pero en mitá del campo
Expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga
…
“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires
La juzgo tan eterna como el agua y el aire”

Menárdez se quedó más tranquilo. Borges está en todo Buenos Aires, incluso en los barrios que no mencionó nunca. Pero le pareció que en Palermo está un poco más, y no porque la calle Serrano lleve su nombre. Borges está más ahí porque en sus casas leyó los libros de la biblioteca de su padre. En Palermo conoció a Carriego, a Macedonio Fernández, a los orilleros. Al “almacén rosado” y al truco. En ese barrio mítico aprendió las cuatro o cinco cosas inexplicables que conforman cualquier universo. En aquellas casas que ya no existen -Serrano 2135, Serrano 2147- tal vez se encuentre el epicentro del universo borgeano. Menárdez se apersonó en ambos domicilios palermitanos para verificar que esas fincas efectivamente dejaron de existir, lo que suele hacer mínimamente una vez al año, por las dudas de que un hrönir se haga presente allí.
Inmediatamente Don Pedro se metió en un café a escribir los pensamientos que tuvo durante su paseo. No fuera cosa que la escasez del tiempo, ese falso tirano que disimula nuestra pereza y justifica nuestras obras inconclusas, le jugara una mala pasada. El agua y el aire pueden esperar un poco más pero Borges, no.
"Fundación mítica de Buenos Aires"
















