domingo 27 de diciembre de 2009

Un paseo porteño

“…Y sentí Buenos Aires.
Esta ciudad que yo creí mi pasado
Es mi porvenir, mi presente:
Los años que he vivido en Europa son ilusorios,
Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”

Tenía tiempo Pedro Menárdez y mientras caminaba, pensaba. Por ejemplo, pensaba en aquellos que dicen no escribir “por falta de tiempo”, tan inverosímiles como alguien que alegase no beber o respirar por la misma carencia. Mientras reflexionaba en esas cosas el paseo se decidió solo:

Maipú 994
Tucumán 840
Un hotel de la calle Esmeralda
Quintana 222
Quintana 263
Pueyrredón 2190
Anchorena 1670
Bulnes 2216
Serrano 2135
Serrano 2147
Mientras dejaba atrás los domicilios de la impasible y aristocrática Recoleta que se mantuvieron prácticamente intactos, Menárdez pensaba en los motivos que podían tener aquellas mudanzas de los Borges, o los de cualquier otra familia. Generalmente las personas cambian sus casas cuando hay malas o buenas noticias en su economía o en la integración de su familia. En ese sentido, haberse ido de la céntrica Tucumán hacia los peligrosos arrabales palermitanos significaba algo. Y al llegar de Europa retornar al inhóspito Palermo una vez más, previo paso por el hotel de la calle Esmeralda, lo decía otra vez, por las dudas. Hoy en día aquella calle no se llama Serrano. Para pesar del homenajeado el actual nombre de esa calle es Borges. Don Jorge Luis temía mucho esas distinciones porque decía que el paso del tiempo podría reducir su recuerdo al nombre de una calle que tapara todo lo demás, incluso (especialmente) al poeta.

Buenos Aires, yo sigo caminando
Por tus esquinas, sin por qué ni cuándo”

Se preguntó Menárdez en cual de todos los domicilios que pasaron por la vida de Borges habrá sido menos infeliz. No tuvo necesidad de responderse, ya que el poeta lo hizo por sí mismo:

“Una manzana entera pero en mitá del campo
Expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga

“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires
La juzgo tan eterna como el agua y el aire”



Menárdez se quedó más tranquilo. Borges está en todo Buenos Aires, incluso en los barrios que no mencionó nunca. Pero le pareció que en Palermo está un poco más, y no porque la calle Serrano lleve su nombre. Borges está más ahí porque en sus casas leyó los libros de la biblioteca de su padre. En Palermo conoció a Carriego, a Macedonio Fernández, a los orilleros. Al “almacén rosado” y al truco. En ese barrio mítico aprendió las cuatro o cinco cosas inexplicables que conforman cualquier universo. En aquellas casas que ya no existen -Serrano 2135, Serrano 2147- tal vez se encuentre el epicentro del universo borgeano. Menárdez se apersonó en ambos domicilios palermitanos para verificar que esas fincas efectivamente dejaron de existir, lo que suele hacer mínimamente una vez al año, por las dudas de que un hrönir se haga presente allí.
Inmediatamente Don Pedro se metió en un café a escribir los pensamientos que tuvo durante su paseo. No fuera cosa que la escasez del tiempo, ese falso tirano que disimula nuestra pereza y justifica nuestras obras inconclusas, le jugara una mala pasada. El agua y el aire pueden esperar un poco más pero Borges, no.


Las palabras en cursiva pertenecen a las poesías de Borges:
"Arrabal"
"New England"
"Fundación mítica de Buenos Aires"
Las fotos pertenecen a dos casas donde vivió Borges: Pueyrredón 2.190 y Anchorena 1.670.

Otras casas de Borges


Quintana 222





Quintana 263


viernes 25 de diciembre de 2009

Un problema complicado

Cansado de llevar el problema sobre mis hombros, me metí a tomar un café al "Gato Negro". Pero como no me lo sacaba de encima, el mozo perspicaz me dijo:

- ¿por qué no deja su problema en la silla de al lado y se toma su café relajadamente?

Es que yo no sabía que se notaba tanto. Pero le hice caso y me saqué el problema de mis espaldas y lo puse en la silla de al lado. Incluso el mozo le preguntó si iba a tomar algo, y el problema le pidió un cortado.

- No sabía que se te veía, que hablabas y que además te gusta el café con un poco de leche- le dije

Mi problema no me hizo caso, lo cual tiene su lógica porque no me respeta. ¿Y como me iba a respetar si estoy obsesionado con él? Entonces cambié de táctica y contraataqué:

- ¿trajiste plata? el cortado, si no lo pagás vos, lo va a pagar Magoya. Porque yo, no.

Por primera vez mi problema me miró a los ojos, me reconoció. Creo que me respetó porque me dijo:

- vos me vas a pagar el cortado. ¿O te olvidás que soy el que no te deja dormir hace un año?
- Es verdad- le dije -pero hoy se me canta no tomarte en serio, de puro jodido que soy. Mozo! me cobra el café? El cortado que se lo pague el problema, porque se queda. Yo me voy.

Y el problema se quedó nomás en el café. Ahora está en las espaldas del mozo meterete, que espera un cliente perspicaz que le pregunte por qué no se saca su problema de las espaldas y lo sienta en alguna mesa. Con un poco de suerte, se lo enchufa a otro.

lunes 21 de diciembre de 2009

Un viejo cuentito a modo de Feliz Navidad



El era un príncipe muy especial. Por empezar no era azul sino gris, aunque en realidad de niño sí lo era, sólo que después fue cambiando de color sin saber muy bien por qué. No le gustaba eso de andar rescatando princesas huecas de castillos con dragones, como tampoco besarlas para conjurar malévolos hechizos. Mucho menos le gustaban los bailes que le organizaba su padre –el Rey- para encontrarle una novia de pies muy delicados y zapatos de cristal.
Pero su destino era ser príncipe y él no podía hacer nada, y allí cabalgaba en su hermoso corcel, armado y enhiesto, al rescate de una nueva enamorada que lo esperaba en lo alto de una torre, apresada por un dragón, no sabemos si rojo o azul.
Sucedió que el dragón no estaba en casa, a lo mejor era gris como él, así que no tuvo que desplegar su valerosa espada en lucha desigual, sólo rompió la cadena y, para horror de la amorosa rescatada, no la acompañó de regreso a su palacio sino que le indicó el camino de vuelta con una explicación distraída, y luego se echó a dormir en la cama de la torre.
Pero el dragón -que no era rojo ni gris sino azul eléctrico- regresó, y más eléctrico se puso al advertir que su presa había sido liberada por el principito.
Y como el dragón tenía gustos amplios, enclaustró a nuestro príncipe de ceniza en la misma torre y con la misma cadena, y luego de mostrarle su furia exhalando una terrible ráfaga de rayos y fuegos se echó a dormir, porque él también a veces se cansaba de ser un dragón siempre enojado.
Y ambos conversaban por las tardes, aburridos y perplejos por haberse salido del guión, hasta que una noche llegó al castillo una princesa que no era ni hueca ni aburrida, ni vestía como Blancanieves. Ella montaba un bravo caballo, y alzando su espada invitó al dragón al combate.
Pero el dragón seguía cansado de arrojar fuegos por sus doloridas fauces y se marchó sin pelear, no sin antes darle a la princesa las llaves de la cadena de la torre, porque era la última que le quedaba y no quería repararla una vez más.
Cuando el príncipe vio a su salvadora sintió fuego en su corazón, seguramente imbuído por la cercanía de su carcelero. Era hermosa. Se dio cuenta que ahora sí había llegado el amor a su vida…
Sin embargo, la princesa lo acompañó hasta su castillo custodiando su regreso, y se fue por ahí sin más. Es que el príncipe gris le parecía mortalmente aburrido.

Cuando el dragón volvió a su castillo nadie se encontraba en él. Puso agua en una inmensa olla, y con una bocanada de su fuego la dejó a punto para el té. Desde arriba de la torre se puso a contemplar sus solitarios dominios, y se dejó ganar por la tristeza. Al fondo del camino creyó ver una nube de polvo que se agrandaba. Era la princesa guerrera que volvía cabalgando de despachar a su ceniciento príncipe. Se veía amigable porque no traía su espada, así que el dragón resolvió invitarla a beber té con él. Ella no estaba segura del todo, pero la convenció de que no tenía nada que temer, por una sencilla razón: los dragones no existen.

El dragón le dijo que la vida es curiosa: el príncipe no quería ser azul, la princesa no quería esperar por ningún príncipe, y él estaba cansado de lanzar fuego por sus fauces y apresar princesas desvalidas…

La princesa lo escuchaba atenta. De repente abrió bien grandes sus ojos azules. Posesa, murmuró medias palabras ininteligibles. El dragón alcanzó a oír “conjurar”, y al rato “hechizo”. No tuvo tiempo de nada cuando la princesa le estampó un sonoro beso en su ardiente boca, y el mundo empezó a girar en su cabeza, hasta desmayarse.



Al rato se despertó. Estaba a la vera del río, y fue volando a fijarse en el agua en qué se había convertido. Sin embargo, seguía tan dragón como antes, y azul, a mayor abundamiento.La princesa estaba a su lado entristecida, pidiéndole perdón. Le dio otro beso, y nada, seguía siendo dragón.

Entonces él le ofreció dar un paseo, y remontaron vuelo. Ella jamás había volado, y el dragón le pareció muy divertido, y ambos se rieron mucho al pasar por el castillo del príncipe gris, quien los saludó melancólico desde una torre idéntica a la del dragón, aunque sin cadenas. Luego sobrevolaron bosques y montañas nunca vistos por nadie, y ella quedó subyugada por tanta hermosura.

Cuando volvieron al castillo, la princesa le dio otro beso al dragón antes de marcharse.



- No insistas, seré dragón para siempre, le dijo él.

- Lo sé, dijo ella. Y tal vez me guste que lo seas…



Cuando el dragón reaccionó, la nube de polvo se perdía en la oscuridad de la noche. Lanzó una brutal llamarada para iluminar el camino de regreso de tan exquisita princesa, y usó el último resto de su fuego para encender las velas del castillo. Y con el corazón rebosante de alegría, preparó su cena de mil perdices. Se miró en un espejo gigante y le gustó lo que vio. Para ser un animal que todo el mundo asegura que no existe, no le pareció que estuviera nada mal.





El Príncipe Gris estaba en su castillo, y vio pasar al Dragón, volando con la Princesa Guerrera. Los saludó melancólico desde su torre, que era muy parecida a la del Dragón, y se dio cuenta que ambos se paseaban divertidos. Pero no se sintió celoso, solamente estaba triste. Su padre una y mil veces le dijo que podría casarse con cualquier princesa, pero a él eso no le interesaba. El Príncipe de Ceniza no quería ser un Príncipe Azul, mucho menos un Rey, y tampoco un Guerrero, y en el castillo otra cosa para él no había. ¡Era el heredero de Su Majestad! Todo lo que ocurría en el palacio le aburría, pero el problema es que no sabía qué quería ser.
Entonces decidió salir a dar una vuelta por la ciudad, sin caballo ni pajes. La gente del reino era muy pacífica y nadie lo molestaría. Y así fue que en su paseo vio a hombres y mujeres practicando oficios para él desconocidos, y artesanos que hacían maravillas con sus manos. Y todos eran muy, pero muy pobres. Y sin embargo les sobraba algo que en su castillo escaseaba: la alegría.Se maravilló con las obras de un creador llamado Benvenuto, de risa fuerte y manos milagrosas.

El artista fingió no reconocerlo y le ofreció una copa de vino que le sirvió su hija Iara, y bebieron gustosos mientras le mostraba sus diversos trabajos. Pero el príncipe no estaba interesado en llevarse nada, sólo quería quedarse y aprender. La sencillez del ambiente lo había eclipsado. Desde ese encuentro y para perplejidad de su padre, comenzó a ir todas las mañanas a la casa del humilde Benvenuto, a aprender con el maestro. Y le gustaba retratar, a veces muy bien y otras no tanto, a la gente que veía en la plaza o en el mercado del pueblo. También pintaba las artesanías, frutas o pasteles que ofrecían.
Y un buen día notó que sus ropas estaban completamente manchadas de los colores que tenía en su paleta: rojos, blancos, amarillos, verdes, marrones, celestes, anaranjados y turquesas. Ya no era un príncipe gris, pero tampoco azul. Lanzó una carcajada como no lo había hecho jamás, y salió corriendo con Iara para mostrarle la transformación a su padre. Y mientras atravesaba el pueblo, la gente comenzó a exclamar a su paso:

¡Qué viva el Príncipe! ¡Qué viva el Príncipe!
¡Qué viva el Príncipe Multicolor...!
El era un príncipe muy especial. Por empezar no era azul sino gris, aunque en realidad de niño sí lo era, sólo que después fue cambiando de color sin saber muy bien por qué. Y ahora, que era multicolor y supo la razón, se sintió dichoso.





Quiero desearles a todos ustedes la mejor navidad del mundo. Tal vez es cuestión de proponérselo. Nada sofisticado, podemos intentar estar con quienes queremos estar y pensar en todo lo maravilloso que tenemos. ¡En lo que todavía no hicimos y seguro que podemos hacer! Empecemos por tratar de cumplir los sueños pequeños...

Como saludo elegí estos cuentos que algunos de ustedes recordarán, y en esta ocasión vienen acompañados por los hermosos dibujos de Virginia Piñón
Gracias Virginia!
Feliz Navidad!

domingo 20 de diciembre de 2009

Lo que ellas quieren

Si pudiera adivinar
Cual es tu canción preferida
El café que querés conocer
La poesía que te duele
El perfume francés que deseás
La charla que no tuviste con nadie
El paseo que jamás olvidarías
El lugar exacto de tu cuerpo que te hace temblar
La palabra que esperás en el oído
Lo que estás pensando ahora mismo.

Si pudiera saber todo eso de antemano
Sin necesidad de preguntarte o descubrir
Estoy seguro, no tengo dudas que jamás
Te enamorarías de mí.




viernes 18 de diciembre de 2009

La noche anterior

La noche anterior estuvo brillante. Dejó de lado su habitual hosquedad y fue el alma de la fiesta. Bailó con ellas, bromeó con ellos, jugó con los pequeños, charló con los viejos. No bebió tanto, no se le puede echar la culpa al champagne. Al amanecer volvieron a casa. Estaban agotados pero duraba la efervescencia, así que hubo festejo después de la fiesta. Esta vez ella se durmió primero. Él encendió un cigarrillo y se fue a fumar al balcón. La luz del sol comenzaba a lastimar los ojos dormidos. Fue al baño y se miró al espejo. Hacía rato que no se detenía más que para afeitarse, porque el pelo se lo acomodaba con los dedos. Se detuvo en algunas arrugas. Tocó el surco en las mejillas. Pero no estaba mal lo que le devolvía el vidrio. Eso sí, no reconoció sus ojos. Rodeados de tristeza, en el abismo del iris había un dejo de rabia, de vida. Se preguntó si eso era suficiente. Se dijo que no, así que cerró la puerta con llave.

Un rayo de sol no estuvo de acuerdo y rebotó rabioso contra el espejo.

miércoles 16 de diciembre de 2009

Wernicke

En esta ocasión El Hurgador de Libros tenía un objetivo determinado. Por causa de una charla, unos amigos recién conocidos, una biblioteca, una cálida cocina. Un tinto de López. La historia apenas develada de un escritor que El Hurgador conocía de nombre pero no había leído: Wernicke.
Abelardo Castillo ya avisaba desde su colección llamada justamente “Los Recobrados”:
“Demasiados libros que nos parecieron inevitables o eternos, un día desaparecen de los estantes de las librerías y de los catálogos editoriales”
Y así fue que El Hurgador empezó a preguntar en librerías de viejo, y nada. En las modernas aparecía justamente la edición dirigida por Castillo, pero había que encargarlo porque entregan pocos. Lo que no puede esperar es el deseo, sabe El Hurgador, y siguió caminando.
A esta altura del sábado sólo podía salvarlo El Ateneo Grand Splendid, la más hermosa librería de Buenos Aires que únicamente está llena de aire. Al menos eso piensa El Hurgador, porque nunca, pero nunca, lo sacó de un apuro. Sin embargo con su inquebrantable tozudez hacia allí fue y en el sector de autores argentinos, operó el pequeño milagro:

“Desperté bruscamente, totalmente lúcido.
Era imposible demorarse en la inconsciencia: la mañana estallaba en la ventana de la piecita y me había penetrado el cuerpo cuando apenas entreabrí los párpados.
"Me senté en la cama apoyando la espalda en los duros barrotes. La luz invadía la reducida habitación y su impertinente desenfado señalaba los más graves defectos de mi vida: soledad, desorden, pobreza. Sábanas arrugadas y sucias. Ropa en el suelo. Una botella de vino, vacía. Un libro abierto y manchado. Puchos de cigarrillos.
Estigmas de una noche como tantas”

“La Ribera”, de Enrique Wernicke. La editorial tiene un nombre apropiado: Capital Intelectual. El Hurgador se va ya mismo a buscar algún bar, a leer. Porque hay libros que preparan minuciosamente el escenario. Un encuentro inesperado, una casa con escaleras o una botella de vino tinto son las delicadas trampas que nos tienden para ser leídos.